20 abril 2015

Votar a Macri

A diferencia de los amigos kirchneristas que denostan o subestiman a todo aquel que no coincide con ellos, respeto y estimo a muchos de los amigos que en las próximas elecciones van a votarMacri. Lo que sí creo es que, como en tros aspectos de la vida, uno debe ser responsable y hacerse cargo de lo que su voto significa.
Desde ya que uno no plantea que no lo voten porque sería un dejo de soberbia enorme, pero lo que sí se les pide es que -a vistas de los resultados de las políticas implementadas en la Ciudad- después de votar al PRO no digan que les importa la educación pública. No digan que les duele que los chicos se mueran de hambre. No digan que les importa la transparencia y menos que les molesta los gastos de CFK en propaganda.
Aunque los grandes medios lo oculten, uno puede encontrar mucha información en la web acerca de que las políticas de Mauricio Macri han subejecutado el presupuesto de educación, han aumentado la mortalidad infantil, han promovido grandes negociados y han aumentado el gasto en propaganda.
Vote al PRO y sepa que entre todo lo que valora de Macri también está votando por la educación privada en detrimento de la pública. Está votando que el que pueda "tenga OSDE" y el que no se cague de infeliz en un hospital público. Está votando que los pibitos de las barriadas pobres anden desnutridos -y con suerte no se mueran-. Que los que más tienen tengan más.
Y que la propaganda y el amarillo inunden la nación.

Macri allá por 2007. Al lado, Melina. Las promesas de una ciudad equitativa sólo fueron eso: promesas.


19 abril 2015

¿Cómo se viste un profesor?

A diferencias de los colegas que han cursado un profesorado, los profesionales que nos volcamos a la enseñanza lidiamos continuamente -al menos en nuestros primeros años de docencia- con cómo deberíamos ejercer nuestra profesión. La cualidad reflexiva de la modernidad señalada por el sociólogo alemán Ulrich Beck y su colega británico Anthony Giddens forma parte de nuestra labor diaria: ¿damos bien las clases?, ¿somos claros en nuestras explicaciones?, ¿cuándo y cómo carajo usamos el pizarrón?, ¿cómo relacionamos los contenidos obligatorios con los temas fuera del programa que motivan a los estudiantes?, ¿logramos que nuestros educandos se interesen por la disciplina que enseñamos?

¿Y usted? ¿Sabe quien fue Emiliano Zapata? ¿O qué es el EZLN?

Entre todas estas innumerables preguntas y sucesivas respuestas hubo una que acaparó mi último año de enseñanza: “¿Cómo debe vestirse un educador?”. Tras cuatro años de oficina en una organización alemana, los primeros años como docente solucioné este problema con el uso estricto del traje. Tiene varias ventajas: es fácil de usar porque sólo hay que elegir la camisa -y, si se quiere, la corbata-, se puede repetir sin que el resto perciba que usamos la misma prenda y, last but not least, ampliaba simbólicamente la distancia etaria con mis educandos, algo bastante importante frente a la propia inseguridad de los primeros años de un educador joven. Durante esos años de traje, mi única libertad “etiquetil” fue un pin de wiphala -la bandera de los pueblos originarios- que identifica mi compromiso con las comunidades indígenas.

Con esta pregunta comencé el cuatrimestre y este año quise sacarme la duda intentando responderla empíricamente. A diferencia de otros “primer día de clases”, dejé el traje en la percha y tomé un pantalón marrón claro con bordados indígenas de aguayo y una remera marrón oscuro del Ejército Zapatista de Liberación Nacional que reza: “Somos un ejército de soñadores”. Sumado a unas zapatillas deportivas negras, me dirigí a clases, no sin cierto grado de vergüenza.

Debo decir que la primera respuesta que encontré fue de parte de dos amigos que quiero mucho y me dijeron que no lo haga porque no tenía sentido. Uno dobló la apuesta: “¿Por qué no usás el cinturón multicolor que compraste en México?”. A lo cual respondí que efectivamente lo hacía.

La segunda respuesta vino de mis colegas. Me encontré con miradas de desaprobación -supongo que lo mismo habría hecho yo- y, chistes y risas sobre mi modo de vestir. Ya un mes después de la experiencia otro colega me dijo con tono de broma: “Andrada, vístase como un profesor”.

Debo decir que la primera clase se desarrolló con normalidad, si bien en el curso que tiene más de 70 estudiantes sentí un murmullo al ingresar. “¿Éste es nuestro profesor?”, los imaginé preguntar. En el tercer curso cambié la remera y una estudiante se acercó en el recreo: “Nos dijiste que te gustaba que participaramos en clase así que te pregunto: ¿quién es Zapata?”.

Con ganas de no quedarme con mi interpretación de la comunicación no verbal, pensé conocer mejor la recepción de la clase mediante una encuesta que me permitiera medir los resultados. Me interesaba saber particularmente qué pensaban los chicos de la vestimenta y si esto influía en lo que entienden por calidad de clase. Finalmente no se pudo y tuve que quedarme con mi percepción. Percepción subjetiva, claro.

Pantalón pachamámico. Desde el sur de México a la Argentina.

A la próxima clase concurrí con mi traje habitual, siendo consciente de que contrastaba fuertemente con mi “yo” del primer encuentro. Siguiendo un texto del profesor Carlos Mangone que explica a la comunicación no verbal, pedí a los chicos que me dieran ejemplos. De a poco, los educandos mencionaron la mirada, los gestos, los espacios. “La vestimenta”, arriesgó una. Y me dio el pie: “La vestimenta… Sí, la vestimenta es un modo de comunicación. ¿Qué pasaría si un profesor viene mal vestido a la primera clase y bien vestido a la segunda?”. La respuesta fue la risa de los 70 estudiantes.  Y no pude aguantarme la duda: “¿Qué pensaron cuando me vieron vestido así?”. La misma pregunta se repetiría en los otros cursos.

“Que era un hippie”. “Que tenía poco tiempo y salió vestido con lo que tenía”. Me sorprendió una educanda que explicó que otra profesora le había comentado mi investigación sobre los pueblos indígena-originarios-campesinos del Estado Plurinacional de Bolivia y culminó su respuesta con un “me dieron ganas de ser su amiga”. Por supuesto que la pregunta de los educandos fue por qué lo hice.

La verdad que aún no sé bien qué responder. O sí. Creo que los humanos tenemos un montón de construcciones incorporadas acerca de cómo debería ser la vida. Y nos comportamos a través de esos imaginarios. Los docentes no estamos exentos de estos imaginarios. Y la vestimenta tampoco. La sociedad nos dice cómo debemos vestirnos. Y la sociedad nos dice a los docentes cómo debemos actuar y qué ropas usar. Pero antes que docentes, somos personas. Y si bien es verdad que nos guiamos según normas sociales y culturales, también podemos decidir salir de esa jaula de hierro.

Mi pregunta puntual es: ¿cómo esperan nuestros alumnos que nos vistamos? ¿Importa? ¿Deberíamos responder a sus imaginarios y vestirnos de ese modo? ¿Pensarán que nuestras clases serán mejores o peores por estar vestido de tal o cual forma? Y yendo un poco más allá, ¿por qué no poner en crisis los juicios previos y los sólidos de nuestros estudiantes? Con todo: con su percepción de la vida, dando cuenta del sufrimiento de los otros, con las comodidades y posibilidades que tienen y no ven. De algún modo, esta experiencia buscaba barrer empíricamente los juicios previos. Como valoré que otros hicieran varias veces conmigo.


Concluí la respuesta a los chicos diciendo que en mi caso usaba el traje porque después de seis años lo siento cómodo. Pero que uno es más allá que la vestimenta. Que las clases no serían ni mejores ni peores según cómo iba vestido, sino el tiempo previo que invirtiera preparándolas. Que si alguno tuvo un juicio previo sobre la calidad de la clase por cómo estaba vestido, esperaba barrerlo. Y que si alguno se sintió identificado con la experiencia, que lo llevara a su vida, que no se perdiera de conocer a una persona por su apariencia, que toda persona tiene alguito interesante para compartir. Las almitas sólo necesitan ser escuchadas.

Mientras tanto, seguiré alternando entre el traje y los símbolos pachamámicos, pero sobre todo, continuaré pensando que es obligación de la universidad -y la educación- poner en crisis los prejuicios de nuestros educandos. Como lo han hecho con nosotros.

Por mi parte, continuaré intentando trabajar los míos, claro.

De la carta del Subcomandante Marcos a Eduardo Galeano, a estampa de una remera.

16 abril 2015

Barcelona vs. Paris Saint-Germain

"Todos tenemos símbolos que guardamos en secreto"


La primera vez que la vi jugaban Barcelona contra el Paris Saint-Germain. Yo llegaba cansado al hostel de mi paso por una comunidad mbya guaraní y ella, francesa, miraba el partido junto a sus compañeros de viaje. La vi con el rabillo del ojo. Como sin querer, para no molestar al acompañante que tenía más cerca. Después descubrí que era sólo un conocido y esa misma noche nos besamos. Nuestra historia duraría tres meses y probablemente haya sido la más intensa.

Cuatro meses después se vuelven a cruzar en cuartos el Barza y el PSG. Y casualmente ella no está en su ciudad natal, sino en la capital. A metros del estadio. Pero ya no hablamos más. Mientras tomo mi café con leche y leo "El síndrome de Gramsci" en el bodegón de siempre, veo en la tele la pelota rodar por el Parque de los Príncipes. Y me es imposible no preguntarme si estará viendo el partido. Si recordará que con esa imagen nos vimos la primera vez. O si, al ver a Messi, recordará al argentino que despidió antes de subirse al 101. 

O si alguna vez leerá todas estas preguntas.

Yo no sé si la vida es una tómbola. Pero al menos debe ser una pelota de fútbol. 

O un cúmulo enorme de preguntas sin responder.



13 abril 2015

Gracias Galeano

"Pero otros, otros arden la vida con tantas ganas que no se 
puede mirarlos sin parpadear. Y, quien se acerca, se enciende"

Yo no sé si es una tristeza que se haya muerto Eduardo Galeano. Se perdió a alguien valioso, claro, pero, como antes otros, su vida nos dejó un legado que trasciende a su muerte. 

El maestro uruguayo nos regaló un montón de historias para enriquecer nuestras vidas. Pero a diferencia de antes otros, las historias de Galeano están repletas de esperanza, de equidad, de solidaridad, de ausencia de miedos, del valor de la palabra, de fueguitos y, por qué no, de América Latina. La palabra de Galeano nos empapa de ganas de luchar por un mundo mejor. Nos enseña a encontrar lo bello en lo pequeño. Narrando no sólo escribió su historia, sino que sembró miles y millones de almitas dispuestas a buscar la felicidad de las mayorías; dispuestas a frenar la ambición de unos pocos. 

Por esto -y por más- tanta gente recuerda hoy al autor de "Las venas abiertas de América Latina". Galeano ayudó a sembrar un ejército de soñadores. A entender que no es tan malo ser bueno. 

Y, por supuesto, a creer en las utopías.


 

10 abril 2015

“Nosotros vemos el desarrollo humano a través del territorio”

Jorgelina Duarte forma parte de una camada de jóvenes que continúa la lucha por los derechos de los mbya guaraní iniciada por su abuelo, Dionisio Duarte, un importante mburuvicha de su pueblo. Desde la selva misionera, la joven dirigente enfrenta diversas problemáticas: territorio, salud, educación y conflictos políticos como la obra de la represa Garabí o la demorada inclusión de la Ley 4000 en la Constitución Provincial.

Por Juan Cruz Villa*

Jorgelina Duarte junto a su hermana, Sabina.

Juan Cruz Villa: ¿Cuál es la principal problemática de los Mbya Guaraní?
Jorgelina Duarte: Para nosotros es el territorio. El mundo habla de desarrollo humano, y nosotros, los Mbya, vemos el desarrollo humano a través del territorio. Porque es nuestro hogar. Somos pueblos selváticos. Lo importante para nosotros es el agua, los recursos, la riqueza de nuestra selva Paranaense. Antes las comunidades no tenían preocupaciones, cosechaban y sembraban lo que necesitaban para comer, pero hoy la realidad es distinta. Las fueron arrinconando y tienen que buscar otras salidas económicas.

JV: ¿Y más allá del territorio?
JD: Hay nuevas necesidades, como vestirse y tener vivienda para protegerse del frío. Aunque no parezca, en invierno es una zona fría. Y debido a la deforestación -otro problema que enfrentamos- la zona cambió y las casas ya no están más protegidas del viento y del frío.

JV: ¿Cuál es el problema con la represa Garabí?
JD: El pueblo está pidiendo que se llame a un plebiscito, pero no se realizó porque hay un antecedente con la represa de Corpus. La obra no comenzó, pero estaría todo dispuesto para que se realice. Si se hace, va a afectar directamente a cinco comunidades e indirectamente a todas las que están cerca del rio Uruguay porque hay arroyos que desembocan ahí y provocaría que muchos pueblos se inunden. Así como para muchas comunidades el problema son las industrias extractivas, para nosotros son la tierra, la represa, el desmonte y las plantaciones de pino.

JV: ¿Han sufrido la quita de tierras?
JD: Hay pocas comunidades que están en tierras privadas. Una gran cantidad está en tierras fiscales y, generalmente, son de empresas o universidades con las cuales estamos en conflicto. Hay tierras que se han vendido o donado con las comunidades adentro, y los Mbya no tienen el concepto de la usurpación o de recuperar tierras. Hubo desalojos, algunos violentos, pero no hasta el extremo de la persecución como sucede en otras comunidades indígenas. Los Mbya no somos un pueblo guerrero, no somos de responder violentamente. En nuestra comunidad no se alambra el territorio: esta concepción de cercar no existe para nosotros. 

JV: Respecto a la presencia del Estado, ¿recibieron ayuda frente a estos problemas?
JD: No estoy en contra de la asistencia que brinda el Estado, pero debería abordarse desde otro lugar. Desde lo básico de asegurar el territorio. Y también el tema de la salud es grave, es impresionante el bajo peso de los niños y la desnutrición, de lo cual no se habla mucho, pero existe. También hay enfermedades crónicas como la tuberculosis.

JV: ¿Viste un avance en los últimos años de los derechos indígenas?
JD: Se ha avanzado mucho en la reafirmación de derechos, pero debemos reconocer que, si hubo avances, fue también por el rol de nuestros dirigentes y la lucha de las comunidades. A nivel nacional, hay un avance ya que se está aplicando la Ley de Emergencia 26.160. Pero a nivel provincial, en Misiones, aún no somos reconocidos.

JV: ¿Esto es por la demora en la sanción de la Ley 4000?
JD: Sí, esta ley es la que nos reconocería en la Constitución Provincial y lo único que falta es que el gobernador, en cualquier elección, llame a un referéndum para que la sociedad acepte agregarla. Esto nunca fue realizado y hace seis años que estamos esperando. Es una situación terrible para nosotros.

JV: ¿Los medios de comunicación pueden aportar a la lucha de los pueblos originarios?
JD: Sí, pueden aportar a nuestra lucha, aunque a veces juegan en contra ya que los medios se mueven por determinados intereses y las problemáticas indígenas no son generalmente lo que más les importa. En las asambleas intento hacer hincapié en no meter a todos en la misma bolsa y ser capaces de identificar aliados.


* Juan Cruz Villa es estudiante de Periodismo de la Universidad del Salvador y ayudante de la materia Taller de Periodismo Informativo. Pueden visitar su blog "Cosas Oxidadas".