28 mayo 2015

I Cumbre Nacional de los Pueblos Indígenas

Con la participación de más de 100 líderes y lideresas de 17 provincias, comenzó la I Cumbre Nacional de los Pueblos Indígenas. Las jornadas tienen como objetivo debatir los derechos constitucionales, plantear soluciones a los conflictos de tierra y territorio, y producir un documento con las conclusiones del encuentro.

Líderes y lideresas de 17 provincias se hicieron presentes: Formosa, Río Negro, Tucumán, Provincia de Buenos Aires, Jujuy, Tierra del Fuego, Neuquén, Ciudad de Buenos Aires, San Juan, Chaco, San Luis, La Pampa, Catamarca, Salta, Chubut, Santa Fe y Mendoza. Foto: Romina Bianchi

Entre los presentes se destacó Félix Díaz, quien es la cara más visible de la lucha de los pueblos indígenas. El qarashe de la Comunidad Qom Potae Napocna Navogoh resaltó la importancia de la tierra y el territorio: "Bajan la estatua de Colón, pero no reparan la memoria de los pueblos indígenas, que es la devolución de los territorios. Si nosotros no tenemos memoria, el Estado argentino va a seguir matándonos. No queremos que se siga mintiendo. Nosotros tenemos la capacidad de darnos cuenta qué está bien y que está mal".

En cuanto a la Cumbre, Félix se mostró satisfecho por la gran participación: "Para nosotros ha sido muy superador la presencia de representantes autoconvocados de 17 provincias. Yo nunca me imaginé que esto podría pasar. Esto es gracias a la fortaleza y la capacidad de las autoridades. Nos muestra el deseo de los pueblos indígenas de salir adelante sin depender del Estado, sino de nosotros mismos".

Félix Díaz se dirigió a los representantes: "Recuerden siempre que ustedes son la esperanza de sus pueblos. Seguimos vivos. No tengamos miedo. Exijamos nuestros derechos".

Uno de quienes más trabajó para que se realizara esta cumbre fue el vocero del acampe Qo.Pi.Wi.Ni y referente de la comunidad Namqom de Formosa, Israel Alegre: "Éste es un día histórico para nosotros porque logramos unificar a los pueblos indígenas para debatir nuestros derechos y su incumplimiento. También vamos a plantear la reglamentación y modificación del artículo 75 inciso 17 de la Constitución Nacional".

Por su parte, la inal loko -líder- de la comunidad mapuche de Neuquén de Winkul Newen, Relmu Ñamku, señaló que la cumbre es un espacio muy importante para fortalecer los lazos entre los pueblos originarios y construir una política indígena nacional que hoy está ausente. La vocera explicó que lo que une a las comunidades es la lucha por sus territorios y que espera que se derogue la Ley Antiterrorista que pone a los pueblos indígenas en la mira por el sólo hecho de defender sus tierras.

"Como parte del pueblo mapuche estamos muy decididos a afrontar este desafío porque tenemos una situación muy complicada en nuestro territorios por la explotación petrolera, y estamos perseguidos política y judicialmente. Sabemos que no es fácil porque enfrente tenemos un Estado que no nos reconoce, a las corporaciones y a la manipulación de muchos hermanos indígenas que fueron captados por el Gobierno para un supuesto modelo de estado incluyente de los pueblos originarios, que nosotros sabemos que es una mentira", concluyó Relmu Ñanku, quien en la actualidad afronta la una causa judicial del Estado.

En este primer día de la Cumbre Nacional de los Pueblos Indígenas los representantes de las comunidades se dividieron en cinco grupos de trabajo: métodos extractivista, tierra y territorio, política sojera, medio ambiente y, exploración y explotación petrolera. El encuentro continuará mañana con la discusión sobre gasoductos, fracking, megaminería, energía nuclear, acceso y reservas de agua, judicialización de los líderes, Ley Antiterrorista, propiedad comunitaria, Ley 23.302 y los derechos constitucionales. Finalmente, el viernes 29 se firmará un documento unificado. 

Se puede ver el programa completo en la página de Resistencia Qom.

10 mayo 2015

Margarita, el hambre y la educación

Hay frases que a uno le quedan en la cabeza. Y nunca las olvida. Podría señalar varias de ellas escritas en algún libro que alguna vez leí. Esas frases son inmortales porque la escritura permite romper el límite temporal de la palabra hablada. Sin embargo, debo confesar que la vida -y las personas- me han hecho apreciar más a las otras. Las que tienen voz. Las que se dicen y mueren con pasión. O con sensibilidad. Las que te perforan el corazón y te estaquean a la tierra. Frente al vacío del próximo segundo. Esas frases viven y sobreviven porque por nada del mundo las dejaremos morir.


"Nadie puede hablar del hambre cuando nunca la pasó. Es inexplicable tener hambre. Hay chicos que tiene hambre. Y se acuestan con hambre. Y se levantan con hambre. Lo he vivido. El tener hambre y estar solo te lleva a una enorme tristeza". Foto: TN.com.ar

Nunca viví el hambre. Y, por lo tanto, puedo decir que no la conozco. Pero una vez, una persona muy especial me la enseñó. Con las palabras. Roxana es una vieja amiga de la familia. Cuando mi abuela estaba enferma, era de las pocas personas que reconocía. También fue una de las mejores amigas de mi mamá. Y sufrió con ella hasta el último momento. Cada tanto me la cruzo en el colectivo y, en las cuadras finales, antes de bajarnos, hablamos de ella. Como haciendo catarsis. Como intentando sanar algo que nunca dejará de doler.

La cuestión es que yo era chico. Me recuerdo en la puerta de casa. Despidiendo con mamá una de las tantas visitas de Roxana. No me pregunten de dónde venía la charla, pero de repente me miró a los ojos y gatilló: "Dami, vos no sabés cómo duele el hambre". Ustedes no se van a imaginar el dolor de su mirada. El suelo desapareció. Imposible encontrar las palabras para explicar lo que esos ojos decían y lo que a mí me provocó.

Ya unos años más grande, me encontré en la municipalidad de Lanús. Íbamos con el amigo Fafo a entrevistar al entonces intendente para un trabajo de la facultad. Eran meses después de la crisis de 2001 y su impacto aún se palpaba fuerte en el Conurbano. Esperábamos a ser atendidos cuando entró un hombre enojado. Entendimos que reclamaba un pago que no le habían hecho. Y de vuelta el abismo: "Es fácil hablar con la panza llena". Horas más tarde Fafo me decía que tampoco podía olvidar esas palabras que aún retumbaban.

Esas dos frases y algunas experiencias de vida más, me hicieron entender que no hay peor dolor para una almita que el hambre. Para quien intenta calmarla comiendo tierra. Para quien sufre ese dolor en la panza día a día. Para la madre que ve el hambre en las lágrimas de su hijo. Para quienes somos testigos silenciosos en una esquina fría de la ciudad. O para cualquiera que tenga corazón y sufra con el dolor de los que sufren.

Con esta idea de fondo, junto a los profesores Fernando Gorza y Edgar Zavala invitamos a Margarita Barrientos a la facultad. Con algunos educadores-amigos queremos que los chicos no sólo se formen teórica y prácticamente, sino también desde el costado humano. Que conozcan otras realidades. Que se enriquezcan como personas escuchando a los que día a día construyen un mundo mejor. Dejar de lado los "casos de éxito" y que busquen algo más que una profesión para llenar sus bolsillos.

Tras la presentación, llovieron las preguntas. Fueron tantas que hasta tuvimos que pedirles disculpas a los chicos porque nos olvidábamos quiénes y en qué orden habían levantado la mano. Los educandos estuvieron muy bien: escucharon con atención y preguntaron sobre el comedor, la labor diaria, su relación con la política, y su visión sobre las villas, los planes sociales, la violencia y el narcotráfico.

La fundadora del Comedor Los Piletones nos dijo que su sueño era que no existieran los comedores y que ella no tenía por qué elegir qué iban a comer otras personas. "No te tiene que sobrar para dar. Te tiene que faltar para que des", dejó boyando al hablar de la solidaridad.

Y tras más de una hora de conversa llegamos al final. Pero todavía quedaba una pregunta por hacer: "Venimos hablando del hambre, pero ninguno de los que estamos acá la vivimos. ¿Qué es y cuánto duele el hambre?".

Margarita se emocionó. No pensé que habiendo sufrido tanto el hambre, se emocionaría ante su recuerdo. Debe ser que el dolor vivido nunca se va del todo. Que queda dando vueltas en un huequito de nosotros. Y que está siempre dispuesto a recordarnos la angustia que en algún momento inundó nuestras gargantas.

Y Margarita se emocionó. Unas lágrimas asomaron, no aguantaron y rodaron por las mejillas. Las secó con su pañuelo de tela. Siguió hablando. Y nos conmovió a todos. Y me dejó una nueva frase para sumar a la memoria. Para no dejarla morir. Para replicar:

"Nadie puede hablar del hambre cuando nunca la pasó. Es inexplicable el tener hambre. Por ahí ustedes tienen hambre y, salen y compran un sanguchito. Pero hay chicos que tienen hambre. Y se acuestan con hambre. Y se levantan con hambre. Lo he vivido. He pasado muchísimas veces hambre. Yo creo que el tener hambre y estar solo te lleva a una enorme y terrible tristeza. Muchas veces me preguntaron si me quedé con rencor al sufrir tanta necesidad. Yo creo que haber pasado tanta necesidad me hizo fuerte en muchas cosas".

Los chicos terminaron la charla con un aplauso cerrado. Al terminar la clase, un grupo de chicas me plantearía una propuesta que, dos semanas más tarde, se plasmaría formalmente en esta carta. Con gente como Margarita y jóvenes comprometidos con lo social: ¿cómo no creer en un futuro más bonito para todos?


"El hambre es, sin duda, el peor mal que puede tener un país que es productor de alimentos (...)
Queremos solidarizarnos y unirnos como compañeros en la hermosa tarea que es soñar con algo mejor".

20 abril 2015

Votar a Macri

A diferencia de los amigos kirchneristas que denostan o subestiman a todo aquel que no coincide con ellos, respeto y estimo a muchos de los amigos que en las próximas elecciones van a votarMacri. Lo que sí creo es que, como en tros aspectos de la vida, uno debe ser responsable y hacerse cargo de lo que su voto significa.
Desde ya que uno no plantea que no lo voten porque sería un dejo de soberbia enorme, pero lo que sí se les pide es que -a vistas de los resultados de las políticas implementadas en la Ciudad- después de votar al PRO no digan que les importa la educación pública. No digan que les duele que los chicos se mueran de hambre. No digan que les importa la transparencia y menos que les molesta los gastos de CFK en propaganda.
Aunque los grandes medios lo oculten, uno puede encontrar mucha información en la web acerca de que las políticas de Mauricio Macri han subejecutado el presupuesto de educación, han aumentado la mortalidad infantil, han promovido grandes negociados y han aumentado el gasto en propaganda.
Vote al PRO y sepa que entre todo lo que valora de Macri también está votando por la educación privada en detrimento de la pública. Está votando que el que pueda "tenga OSDE" y el que no se cague de infeliz en un hospital público. Está votando que los pibitos de las barriadas pobres anden desnutridos -y con suerte no se mueran-. Que los que más tienen tengan más.
Y que la propaganda y el amarillo inunden la nación.

Macri allá por 2007. Al lado, Melina. Las promesas de una ciudad equitativa sólo fueron eso: promesas.


19 abril 2015

¿Cómo se viste un profesor?

A diferencias de los colegas que han cursado un profesorado, los profesionales que nos volcamos a la enseñanza lidiamos continuamente -al menos en nuestros primeros años de docencia- con cómo deberíamos ejercer nuestra profesión. La cualidad reflexiva de la modernidad señalada por el sociólogo alemán Ulrich Beck y su colega británico Anthony Giddens forma parte de nuestra labor diaria: ¿damos bien las clases?, ¿somos claros en nuestras explicaciones?, ¿cuándo y cómo carajo usamos el pizarrón?, ¿cómo relacionamos los contenidos obligatorios con los temas fuera del programa que motivan a los estudiantes?, ¿logramos que nuestros educandos se interesen por la disciplina que enseñamos?

¿Y usted? ¿Sabe quien fue Emiliano Zapata? ¿O qué es el EZLN?

Entre todas estas innumerables preguntas y sucesivas respuestas hubo una que acaparó mi último año de enseñanza: “¿Cómo debe vestirse un educador?”. Tras cuatro años de oficina en una organización alemana, los primeros años como docente solucioné este problema con el uso estricto del traje. Tiene varias ventajas: es fácil de usar porque sólo hay que elegir la camisa -y, si se quiere, la corbata-, se puede repetir sin que el resto perciba que usamos la misma prenda y, last but not least, ampliaba simbólicamente la distancia etaria con mis educandos, algo bastante importante frente a la propia inseguridad de los primeros años de un educador joven. Durante esos años de traje, mi única libertad “etiquetil” fue un pin de wiphala -la bandera de los pueblos originarios- que identifica mi compromiso con las comunidades indígenas.

Con esta pregunta comencé el cuatrimestre y este año quise sacarme la duda intentando responderla empíricamente. A diferencia de otros “primer día de clases”, dejé el traje en la percha y tomé un pantalón marrón claro con bordados indígenas de aguayo y una remera marrón oscuro del Ejército Zapatista de Liberación Nacional que reza: “Somos un ejército de soñadores”. Sumado a unas zapatillas deportivas negras, me dirigí a clases, no sin cierto grado de vergüenza.

Debo decir que la primera respuesta que encontré fue de parte de dos amigos que quiero mucho y me dijeron que no lo haga porque no tenía sentido. Uno dobló la apuesta: “¿Por qué no usás el cinturón multicolor que compraste en México?”. A lo cual respondí que efectivamente lo hacía.

La segunda respuesta vino de mis colegas. Me encontré con miradas de desaprobación -supongo que lo mismo habría hecho yo- y, chistes y risas sobre mi modo de vestir. Ya un mes después de la experiencia otro colega me dijo con tono de broma: “Andrada, vístase como un profesor”.

Debo decir que la primera clase se desarrolló con normalidad, si bien en el curso que tiene más de 70 estudiantes sentí un murmullo al ingresar. “¿Éste es nuestro profesor?”, los imaginé preguntar. En el tercer curso cambié la remera y una estudiante se acercó en el recreo: “Nos dijiste que te gustaba que participaramos en clase así que te pregunto: ¿quién es Zapata?”.

Con ganas de no quedarme con mi interpretación de la comunicación no verbal, pensé conocer mejor la recepción de la clase mediante una encuesta que me permitiera medir los resultados. Me interesaba saber particularmente qué pensaban los chicos de la vestimenta y si esto influía en lo que entienden por calidad de clase. Finalmente no se pudo y tuve que quedarme con mi percepción. Percepción subjetiva, claro.

Pantalón pachamámico. Desde el sur de México a la Argentina.

A la próxima clase concurrí con mi traje habitual, siendo consciente de que contrastaba fuertemente con mi “yo” del primer encuentro. Siguiendo un texto del profesor Carlos Mangone que explica a la comunicación no verbal, pedí a los chicos que me dieran ejemplos. De a poco, los educandos mencionaron la mirada, los gestos, los espacios. “La vestimenta”, arriesgó una. Y me dio el pie: “La vestimenta… Sí, la vestimenta es un modo de comunicación. ¿Qué pasaría si un profesor viene mal vestido a la primera clase y bien vestido a la segunda?”. La respuesta fue la risa de los 70 estudiantes.  Y no pude aguantarme la duda: “¿Qué pensaron cuando me vieron vestido así?”. La misma pregunta se repetiría en los otros cursos.

“Que era un hippie”. “Que tenía poco tiempo y salió vestido con lo que tenía”. Me sorprendió una educanda que explicó que otra profesora le había comentado mi investigación sobre los pueblos indígena-originarios-campesinos del Estado Plurinacional de Bolivia y culminó su respuesta con un “me dieron ganas de ser su amiga”. Por supuesto que la pregunta de los educandos fue por qué lo hice.

La verdad que aún no sé bien qué responder. O sí. Creo que los humanos tenemos un montón de construcciones incorporadas acerca de cómo debería ser la vida. Y nos comportamos a través de esos imaginarios. Los docentes no estamos exentos de estos imaginarios. Y la vestimenta tampoco. La sociedad nos dice cómo debemos vestirnos. Y la sociedad nos dice a los docentes cómo debemos actuar y qué ropas usar. Pero antes que docentes, somos personas. Y si bien es verdad que nos guiamos según normas sociales y culturales, también podemos decidir salir de esa jaula de hierro.

Mi pregunta puntual es: ¿cómo esperan nuestros alumnos que nos vistamos? ¿Importa? ¿Deberíamos responder a sus imaginarios y vestirnos de ese modo? ¿Pensarán que nuestras clases serán mejores o peores por estar vestido de tal o cual forma? Y yendo un poco más allá, ¿por qué no poner en crisis los juicios previos y los sólidos de nuestros estudiantes? Con todo: con su percepción de la vida, dando cuenta del sufrimiento de los otros, con las comodidades y posibilidades que tienen y no ven. De algún modo, esta experiencia buscaba barrer empíricamente los juicios previos. Como valoré que otros hicieran varias veces conmigo.


Concluí la respuesta a los chicos diciendo que en mi caso usaba el traje porque después de seis años lo siento cómodo. Pero que uno es más allá que la vestimenta. Que las clases no serían ni mejores ni peores según cómo iba vestido, sino el tiempo previo que invirtiera preparándolas. Que si alguno tuvo un juicio previo sobre la calidad de la clase por cómo estaba vestido, esperaba barrerlo. Y que si alguno se sintió identificado con la experiencia, que lo llevara a su vida, que no se perdiera de conocer a una persona por su apariencia, que toda persona tiene alguito interesante para compartir. Las almitas sólo necesitan ser escuchadas.

Mientras tanto, seguiré alternando entre el traje y los símbolos pachamámicos, pero sobre todo, continuaré pensando que es obligación de la universidad -y la educación- poner en crisis los prejuicios de nuestros educandos. Como lo han hecho con nosotros.

Por mi parte, continuaré intentando trabajar los míos, claro.

De la carta del Subcomandante Marcos a Eduardo Galeano, a estampa de una remera.

16 abril 2015

Barcelona vs. Paris Saint-Germain

"Todos tenemos símbolos que guardamos en secreto"


La primera vez que la vi jugaban Barcelona contra el Paris Saint-Germain. Yo llegaba cansado al hostel de mi paso por una comunidad mbya guaraní y ella, francesa, miraba el partido junto a sus compañeros de viaje. La vi con el rabillo del ojo. Como sin querer, para no molestar al acompañante que tenía más cerca. Después descubrí que era sólo un conocido y esa misma noche nos besamos. Nuestra historia duraría tres meses y probablemente haya sido la más intensa.

Cuatro meses después se vuelven a cruzar en cuartos el Barza y el PSG. Y casualmente ella no está en su ciudad natal, sino en la capital. A metros del estadio. Pero ya no hablamos más. Mientras tomo mi café con leche y leo "El síndrome de Gramsci" en el bodegón de siempre, veo en la tele la pelota rodar por el Parque de los Príncipes. Y me es imposible no preguntarme si estará viendo el partido. Si recordará que con esa imagen nos vimos la primera vez. O si, al ver a Messi, recordará al argentino que despidió antes de subirse al 101. 

O si alguna vez leerá todas estas preguntas.

Yo no sé si la vida es una tómbola. Pero al menos debe ser una pelota de fútbol. 

O un cúmulo enorme de preguntas sin responder.